Andaba con mis libros, perdida en mis lecturas, dibujando y desdibujando casitas, de aquellas que empecé a dibujar siendo niña. Los visillos blancos de la habitación se balanceaban de un lado a otro dejando entrar el aire limpio de la noche, ese que huele a humedad sí, ese mismo que tanto gusta en estas tardes de verano que preceden ya al otoño. Una canción nueva susurrada parece adentrarse con roce firme y suave de las hojas de los árboles, las sombras comienzan a perfilarse en la pared oscura de enfrente, puedo recrearme en una historia, una nueva historia que daría comienzo en un lugar cercano, quizás oculto en las sombras de mi portal…
Joe es una linda mujercita, una pequeña que comienza sus andaduras reafirmada en algo que siente y no compara. Ha llegado hasta allí mojadita, risueña, juguetona. Bailotea, le cuenta sus secretos entre nubes rosas, gime, implora, agacha su linda cabecita y lame y relame cada resquicio de su cuerpo en una fantasía tras otra, comenzando por los pies y ascendiendo por sus muslos. Le cuenta que nunca se hubiera sospechado adentrándose en su sexo y se ha llevado ella solita hasta él. Sorprendida en un sonrojo relame con timidez, le gusta, lo veo en sus ojos, veo sus pechos endurecerse, suplicando con descaro una caricia, mientras sigue fantaseando con los pies rozando su sexo depilado. La he visto estremecerse con sólo pensarlo, una sola mirada ha sido suficiente para saber que su coño chorreaba placer, que su celo aumenta para acabar rendida y feliz entre sus brazos y a sus pies.
Los árboles siguen agitándose, juraría que gimen, que aterrizan y vuelven a despegar envueltos en mil matices de colores, cuando el fondo es negro… en plena noche y lo oculto… luces en la oscuridad.





