El agua cristalina corría a raudales, limpia, inagotable de las paredes. Los ventanales estaban abiertos al verdor de la tierra y templaban el aire, húmedo… rezumaban su esencia, incontenible. En el interior de un cañón del manantial, en la habitación del tiempo, una gorra vieja de piel beige.
La flor vuelve a cambiar de piel, se interna en su crisálida, absorbiendo el néctar de los bosques, a la espera de recuperar un nuevo juego de alas.
Las telas de araña suspenden miles de manzanas jugosas, coloradas,
y los elfos y los duendes, diminutos hombrecillos laboriosos, danzaron junto al fuego la noche de san anton.






