
Desnuda tu pecho y cuando salgas, por el pasillo de hojas, levanta la mirada y mira esas tres que se ven perder en verde y dorar, rígidas, el agua de estos días las mantiene erectas, verdad?. Mira también su tronco, cómo ha cambiado, observa el rugir de los motores, apagados por el chapotear de un nuevo ciclo.
A un pequeño empuje, una pequeña brisa, un roce enajenado a lo que ocurre en su interior, se liberarán. Plantéate en que lugar pueden ir a dejarse, apagando sus silbidos, su sugerente movimiento circular, desposeído del peso de su estirpe blanquecina.
Crepitar de un otoño naciente, por qué no? Por qué desposeer a la naturaleza de una madurez implacable, en momentos en los que todo queda reservado a la más pura de sus estructuras? guardado, desnudo, ofreciéndose a dar fuerza a un crecimiento que meses atrás no hizo más que volar y sufrir la sequía de un aprendizaje que ahora, de oro, sangre y plata se viene a calzar. Escucha los pasos más firmes de la hija de Ceres, así debió cumplir sus años.
Empiezo a amar el otoño, la que siempre sonríe en primavera.